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EL MISTERIO DE LA VIRGEN AINDIADA

La Jicara - El misterio de la virgen aindiada

Con Manuel Salvador Espinoza, recordábamos como hace algunos años le metíamos bulla a la celebración del rosario de la Santísima Concepción de María, en casa de su mamá, doña Coquito, allá cerca de la costa del Lago de Managua. Disparábamos irresponsable pero alegremente viejos fusiles soviéticos “matamachos” (Mosin Nagán M44), AK´s 47 y pistolas de todos los calibres. Más parecíamos una horda beduina desenfrenada, que celebrantes de un rito religioso católico. Involuntariamente, cual si se trataran de dinamita, los recuerdos fueron llegando, explotando “por simpatía” en la memoria y así llegué hasta aquellos que el tiempo procura soterrar; los recuerdos de la infancia.

La menuda imagen de la Virgen (en su advocación de la Santísima Concepción de María), “nicaragüanizadamente” llamada Purísima, siempre estuvo ahí, en la repisa del tabique, por sobre la sólida cama de cedro real en la que todos dormíamos apiñados alrededor de mi madre. Era una imagen “de bulto” (es decir, una pequeña escultura), tallada en madera de bálsamo, un poco basta y de poco gráciles detalles que descubrían su origen sencillo, como hecha por las manos de alguien inhábil para estos menesteres de copiar facciones y proporciones antropométricas ultramarinas, ignaro en el uso de las gubias de media caña, formones y buriles y sobre todo, lego en los dogmas y bulas papales, que mandan al detalle cómo debe de ser o parecer una imagen divina. Pero esa poca ciencia y talento, me ha hecho presumir que su nobel tallador habrá sido una persona urgida de un gran milagro o enormemente agradecida por una gracia oportunamente concedida.

Originalmente su rostro asemejaba a una joven campesina, de esas “hijas de casa” que los terratenientes tomaban de sus haciendas para trabajar en oficios domésticos en sus casonas solariegas: Tez morena, rostro poco anguloso y ojos achinados, cuerpo delgado y de detalles ocultos en una toga de pliegues generosos y profundos, pies enormes, desproporcionados en relación con la fragilidad de sus manos. La imagen anclaba en una esfera terráquea oblonga e indefinida, de la que sobresalían dos cuernos que, imaginaba yo, eran los cuernos de la Luna. Desde abajo se enroscaba una corta, ridícula y gorda víbora de lengua bífida pintada. Decía mi mamá que nunca tuvo corona de estrellas.

Así se apreciaba la imagen de nuestra Purísima antes de sus pequeñas tragedias: Los temblores y los frecuentes golpes que los vecinos daban al tabique de madera que servía de separación entre nuestras viviendas (tal vez martillando clavos, tal vez haciendo el amor frenéticamente), defenestraron repetidamente de su alta repisa a nuestra protectora, dañando imagen y estructura. Luego vino el fuego, proveniente de una veladora que (con poco recompensado fervor mi mamá le prendía) casi la convierte en cenizas. Para suerte de todos o como decía mi progenitora imbuida de inconmovible fe, “por designio divino”, cerca de nuestra casa, habitaba un hijo de doña Lola Cabezas, ducho en el arte de la imaginería, que tallaba en madera policromada al estilo de la escuela andaluza o esculpía en yeso y roca al estilo clásico y que como arte menor (o para comer más frecuentemente) también restauraba imágenes deterioradas. De su taller, como el fénix, nuestra Purísima resurgió cada vez más bella, pero cada vez más “española”. Una maja de pies siempre feos.

Mi abuela, Leonila Vado, oriunda de la ciudad de Granada (“a mucho orgullo” pero con poca convicción, decía ella), recibió de manos de su abuela una delicada imagen de la Santísima Concepción de María. Tenía la imagen las facciones de una indita nandaimeña descalza y desvalida y para cuando mi abuela sucumbió a los efluvios del amor y partió hacia un chilotal llamado Jinotepe, en sus escasos bártulos llevaba como único tesoro a la Virgen que habría de protegerla del Mal y que debería ayudarle a bien criar a su futura prole. Me cuesta creerle a los granadinos, pues es legendaria su manía de mentir en nimiedades y cosas importantes como son los asuntos históricos (imagínense que dicen haber encontrado a la Concepción de María, flotando en una caja en el Lago, ¡Un siglo antes que fuera consagrado su culto por el Papa!), pero a mi abuela si le creo.

Hay en esta historia un misterio que quiero compartir. Cuando mi madre murió su pecunio se reducía a una vetusta casita de tejas, adobe y taquezal, dos sillas mecedoras en buen estado y dos con los balancines rotos, cuatro peroles grandes y dos medianos, una cama de cedro real (“donde parí a todos mis hijos” repetía con mal disimulado orgullo), un carretón de madera y… la imagen de la Santísima Concepción de María con cara de indita nandaimeña. A mí no me tocó nada de aquellos muebles y enseres tan caros a mi mamá, solo recibí –anticipadamente- la imagen de la Virgen criolla. El asunto es que mi mamá siempre sospechó de mi agnosticismo, aun cuando la acompañaba los jueves a la misa del Santísimo, iba a cantar el “Alabado” a las alboradas de Santiaguito para que me dieran guiso y ajiaco o alistaba mi zurrón de “purisimiar”. Más tarde, creo que su innata inteligencia descubrió mi ateísmo militante, pese a que se lo ocultaba para no decepcionarla. Entonces no sé por qué me legó precisamente a mí su venerada imagen de la Purísima, que hoy es “mi” Purísima y que mi familia ha puesto en una alta repisa y cada año le celebra con fe y respeto su “gritería”.