La Jicara El Portal del Cuento IntroArt

EL PINTOR Y LOS ELEMENTALES

EL PINTOR Y LOS ELEMENTALES

En el sur del país se encuentra un lugar muy especial. Es una pequeña finca ubicada en el departamento que una vez se le llamó “el triángulo de oro”. Esta finca guarda un secreto antiguo, los dueños son una familia honorable y trabajadora. En ella se respira sosiego y el aire danza libre creando conciertos sonoros naturales entre las ramas de los arboles al mover sus gruesos brazos. Vigorosas las raíces se aferran a la tierra de la finca, es suave, parece una mujer joven que yace acostada sobre sí misma para ser poseída, su virtud es la frescura plagada de fertilidad.

En un día soleado parece un lugar dorado, todo resplandece alrededor de un amarillo puro, parecen pinceladas llenas de virtuosismo, un paisaje pulcro en donde, incluso, la forma de la nada puede ser vista sobre el lienzo. Las paredes de la propiedad están llenas de flores enredaderas como las trinitarias de colores rojas y moradas, trompetas trepadoras, campanillas, pasionarias y madre selva. Es como una de esas obras del pintor paisajista Manuel Peidro, sus obras dibujan un paisaje impresionista que transportan a cualquier amante del arte a la profundidad de sus colores confundiendo lo real de lo irreal. Todo en aquel lugar parece mágico.

Uno de los propietarios es un joven de treinta años. Leonardo es blanco, pelo castaño, de tamaño promedio y de finas fisonomías. Sus ojos son café claros y muy profundos y posee un don muy especial. En la profundidad de su interior puede ver lo que otros no pueden ver. En cada imagen que aprecia entre la naturaleza y demás ve formas, figuras, rostros, luminosidades, detalles, conjunciones, trazos, órganos sexuales, posibilidades infinitas para crear una obra. Es un pintor que antes de iniciar su obra, lo primero que hace es dibujarla en el vacío con sus dedos como pinceles.

Nunca dejó de ir a la finca. De niño era y seguirá siendo el mejor lugar del mundo, jugaba ahí a solas, porque era especial e incomprendido. Amaba la soledad a la hora de sus juegos. Su casa en la ciudad queda a pocos minutos de la finca. Siente que se comunica con todo aquello; con las plantas, las flores, los árboles, las aves que llegan volando para descansar o para encontrarse con otras especies y escucharles comunicarse a través de cantos exóticos. Las ardillas se columpian sobre las ramas jugando, persiguiéndose unas a otras.

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INSOMNIO Y YO

INSOMNIO Y YO

Hay veces que no puedo contener a Insomnio, me visita algunas noches y se sienta a mi lado. Me pregunta sobre algunos versos, con lo que a continuación dibujo una leve sonrisa en mi rostro. Esos momentos se me antojan extraños, me obliga a tomar una copa de alcohol para musitar códigos inentendibles. A veces me llama a la ventana para fumar opio, hachís o cannabis y apreciar la noche silenciosa, reímos ahorcajadas como locos, hacemos ridículos gestos y nos imaginamos pasear por las calles de Montmartre en París. En ese barrio de pintores donde vivían sus excesos de bohemia, en donde reinaban los colores y los poetas recitaban como excitados sus poesías. Sus calles empedradas y empinadas lucen mágicas.

Insomnio es incansable, aún casi al alba parece un niño que juguetea por el barrio. Reímos descaradamente cuando todas las almas se extrañan con nuestra presencia en las oscuras calles, nos señalan mientras sus cuerpos vacíos yacen en sus camas y son violados por la oscuridad.

¿Cómo detenerle? Si es que existe la manera.

A veces subimos a los techos para seguir a los gatos que se aparean con el frío de la luna. Es una escena divertida correr tras los maullidos felinos.

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PAPELOTES Y GLOBOS -Juan Ramón Falcón-

PAPELOTES Y GLOBOS  -Juan Ramón Falcón-

En los años 60s y 70s., uno de los juegos de niños, más vistoso, era el de llenar el cielo azul de Condega con papelotes, lechuzas, cometas, barriletes, hechos de papelillo con armazón de carrizo. Un paisaje de cielo lleno de colores en movimiento, como avecitas diferentes unas de otras. "¡Vamos a elevar papelotes!" era el grito de organización y cada uno de los chigüines agarraba el suyo y en grupos, se enrumbaban a la Pila o a la Calle Nueva que eran los lugares más altos, y cuando estábamos allí, a elevarlos,  y a decir: "el mío es mejor" “el mío es más bonito”  "el mío vuela más alto", "no seas cochón, dale más hilo". Y uno le daba hilo de tres y cuatro ovillos, hasta que el papelote se miraba como un puntito de color que casi se perdía en el cielo. "Vení sentilo como jala" y uno sentía la tensión en el hilo y parecía como si tuviera vida, igual que un pescado que se había trabado en el anzuelo y nadaba fuerte para soltarse. 

Pero en el cielo vestido de fiesta siempre había un papelote que se descontrolaba y se enredaba con alguno de los otros, quizá porque había perdido la cola o las aletas o porque el frenillo se le había dañado. El papelote perdía el balance y comenzaba a colear y a dar vueltas y vueltas y vueltas, hasta que arrastraba a otro, y eso armaba el bochinche: "me enredaste mi lechuza", y entonces se soltaba la risería en los otros chavalos, y mientras uno se sentía culpable, el otro se enrojecía de arrecho. O cuando se reventaba el hilo, y el papelote se iba cuchareando, cuchareando por el cielo, de caída, y había que correr varias cuadras desde la Calle Nueva por donde vivía Trucuto para tratar de recuperarlo, y en aquella tarea siempre se venían dos o tres chavalos con el dueño del papelote, corriendo detrás. A todos nos tocó alguna vez: los pies moviéndosenos sin tregua en la carrera, mientras escuchábamos el sonido acelerado del corazón que nos golpeaba por dentro, corriendo tan veloz como podíamos, respirando rápido y profundo, doblando las esquinas, corriendo sin dejar de escucharnos el corazón, respirando más rápido y profundo, sabiendo que cerca del sitio de la caída, otros chavalos también corrían para apropiarse del papelote que, desde casi todo el pueblo podía verse allá en el cielo cuando volaba tranquilo o como ahora que venía a la deriva, cayendo.

Sabíamos que en el pueblo habían dos tipos de niños: los que elevaban papelotes y los que no. Y los que no elevaban permanecían en sus casas con los ojos puestos en el cielo, esparcidos, sin hacer nada más que ver los puntitos de colores en el firmamento, atentos a que uno de esos puntos se cayera. “Se reventó, se reventó” seguramente habían dicho y de inmediato habían comenzado también a correr, todos corriendo, cada uno por separado, sin parar, doblando sus esquinas sin quitarle la vista al papelote que caía, corriendo tal como yo lo hacía, con la respiración acelerada y el corazón golpeándoles por dentro, corriendo como cualquiera que hubiera perdido su papelote en vuelo en el cielo y ansiaba recuperarlo.

Papelote que se reventaba, papelote sin dueño, era el código, por eso cada quien debía correr duro sin quitarle la vista al cuchareo del papelote en lo alto, con la mente al cien, calculando dónde caería.

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BEN E. KING A MIS SEIS AÑOS por Juan Ramón Falcón

BEN E. KING A MIS SEIS AÑOS por Juan Ramón Falcón

Los primeros recuerdos de niño en mi pueblo pequeñito del norte, siempre están asociados a alguna canción de la época. A veces, una canción me toma de la mano y me hace cruzar mis años vividos para ponerme a caminar de nuevo por mis viejas calles de polvo y piedras sueltas. Y percibo olores de pan saliendo del horno, olores de mango jocote, mandarina-limón, olores de sol y hasta de lluvia arrastrando barquitos de papel que se alejan luchando heróicos en la corriente de aguas cafés, o encallando a la orilla de las enredaderas de flores silvestres azules que llenaban los cercos de alambres de púas que habían entre casa y casa del pueblo. Los radios pequeños, tocaban a Ben E King. "Stand by me" o "I who have nothing" y aunque yo no sabía ni el nombre de las canciones ni del cantante, les aseguro que mi niñez, no tendría sentido sin esa música. “I who have nothing” es el tema de cuando anduve extraviado a mis seis años por aproximadas dos horas, caminé de calle en calle por el Barrio San Luis, buscando mi casa, lleno de miedos y deseando parar la noche que comenzaba a anunciarse con las bombillos amarillos encendiéndose en la cumbre de los postes hechos de rieles de tren, o con las estrellas encendiéndose encima del cerro de La Mesa al otro lado del río. Yo caminaba rápido, conteniendo el llanto al anochecer. La música de Ben E King se salía a las puertas de las casas para verme pasar. Stand by me, es un recuerdo triste, en el que veo a dos guardias arrastrando al enorme perro “Negro" de Don Chilo, aquel señor flaquito y callado que vivía frente a mi casa y que unos años más tarde fue el parquero del pueblo. Los guardias habían llegado con la orden de llevarse al animal, porque según la denuncia, había mordido al hijo de uno de los personajes serviles del cuartel. No valieron protestas ni súplicas, ni los llantos de doña Paya, ni las explicaciones de que el perro había estado en casa todo el día, que ni siquiera se iba a las casas vecinas y que mucho menos iba a andar tan lejos: a siete cuadras. De nada sirvieron los reproches de los vecinos que intercedían y juraban que lo que decía doña Paya era cierto, ni las voces en susurros, ni los gritos, ni los llantos de los niños asustados, ni los ladridos de los demás perros, ni el aullido lastimero del enorme perro negro. Nada logró disuadir a los guardias Todos vimos a doña Paya llorando, abrazando al “Negro”, moviendo sin parar un no con la cabeza y gritándolo, gritándolo, gritándolo.. Se negaba a ponerle el mecate amarrado al cuello y los guardias no paraban de insistir. ¿Como podría ella amarrarlo, si era como su hijo, si el perro gemía y temblaba, si con sus enormes ojos cafes húmedos y brillantes, le suplicaba protección?. Allí se quedó cuanto pudo, aferrada al animal, llorando, rostro a rostro, los ojos de ella sobre los del perro y los del perro, sobre los ojos de doña Paya. Los guardias tomaron el mecate y lo amarraron y se enfrascaron en una tremenda lucha con la señora para arrancarla de aquel abrazo. Y tras lograrlo, el llanto se hizo mil veces más grande y también mil veces más grandes los aullidos del animal. Aquella tarde no hubo quien no gritara en la cuadra que aquello era una injusticia. En medio de la mezcla de sonidos, sobresalía Ben E King, sonando desde algún radio puesto sobre alguna repisa de una de las casas, cantando Stand by me, indiferente al suceso, a la hora que todos contenían la impotencia viendo a los dos armados que arrastraban al enorme animal que lloraba como un cachorrito. La canción terminó cuando los guardias ya habían subido la cuesta, y fue entonces que sonaron los dos disparos de Garand. Todos corrimos hasta donde estaba el perro tendido sobre su propia sangre, inmóvil, con la expresión de miedo grabada en sus dos ojos abiertos y brillantes por las lágrimas Juan Ramón Falcón4 de mayo de 2015Masaya

 

CANCIONES CITADAS:

https://youtu.be/z4r3_FqrrsM https://youtu.be/hwZNL7QVJjE

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Si hubieras visto qué clase de hoyo había en la puta carretera

Si hubieras visto qué clase de hoyo había en la puta carretera

Anoche que fui a Granada, decidí pasar a ver a un amigo que vive en el Barrio Xalteva. Desde que abrió la puerta lo noté sumamente molesto. Procurando ser amable me recibió con una sonrisa obligada, y al hacerlo hizo, aún más visible, el enorme agotamiento que tenía en su rostro.

Me dijo que "recién acababa de regresar de la aventura más grande de su vida". A su lado, su esposa sonrió y le pasó una caricia sobre la cara a la vez que reafirmaba con la cabeza lo que decía mi amigo.

Me invitó a que fuéramos al garaje y allí me mostró las dos llantas nuevas que lucía su carro Yaris negro.

- Tuve que comprarlas - me dijo, y se quedó ido mirándolas un rato.

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