LaJicara - El rincon poetico IntroArt

AQUELLA NEGRITA SINGER -Relato

singer

La máquina de coser que por años usó mi mamá, la negrita Singer, rompía el silencio mañana tarde y noche, en el pueblito donde vivíamos. Así era en cualquier barrio de cualquier ciudad. La recordarán sin duda, los niños de entonces que ahora tienen 40 años o más, pues en ella, nuestra mamá o alguna vecina nos hacía los pantalones, camisas o vestidos que lucíamos, con las telas que compraban, allí muy cerca, en las tiendas alrededor del parque.

La negrita Singer, montada sobre un mueble de madera y hierro. ¿Se acuerdan del pedal?: ¡Cuántas veces soñé despierto que estaba dentro de mi propio camión! Yo me hacía un manojito dentro del pequeño espacio debajo del mueble de madera, las rodillas dobladas, la vista al frente traspasando la madera de las gavetas y mis manitos agarrando fuerte la rueda de la volante que era mi timón, balanceándome de un lado para el otro, imaginando que volaba sobre las curvas del sinuoso camino. El sube y baja del pedal era mi camión saltando los baches. O sentado allí sobre la silla de mi mamá, alargándome dificultosamente para alcanzar el ancho pedal con mis cortitas piernas. Yo, en un momento sintiéndome muy sastre, primero pedaleando lento, después rápido y más rápido y muchísimo más rápido, y en mi imaginación de niño sintiéndome un Alfonso Zamora o un Alberto Corrales, produciendo pantalones tras pantalones a la velocidad de la luz, y cambiar en segundos a otra escena, doblando las curvas en mi camión, olvidado del sonido de mi boca que le daba fuerza al motor imaginario.

Yo vigilaba los descuidos de mi mamá para darle vida a mis sueños. Maquina recién aceitada con aceite Singer o 3en1, la correa moviéndose veloz sobre las poleas para meter y sacar la aguja entre las piezas de blanco acero de la caja de la bobina.
Aunque no tuviera puesto el hilo, el sonido era sedita: chikchikchikchikchikchik, como motor de Volkswagen, de aquellos escarabajos de la época que, como eran pocos, raras veces se miraban en la calle levantando el polvo que se metía a las casas por todas las puertas que siempre estaban abiertas. ¡Cuidado me quebrás la aguuuuja. hijito! gritaba mi mamá desde el patio. Mientras yo costuraba sobre un papel, el dibujo de un círculo deforme con ojos, nariz y boca, o escribía el nombre: Juan Ramón, hasta que el papel se hacía un colador.

No recuerdo casa donde no hubiera una negrita. Jamás faltaba, igual que no faltaba un radio Philips o National, un foco Rayovac, una lámpara Coleman de querozen o una bicicleta Raleigh .

Cuando divago en las noches de insomnio, alguna vez la vocecita musical de mi mamá se viene desde el pasado, asaltándome con expresiones y palabras como, enhebrar o hilvanar la aguja, el prensatela, devanado de la bobina o carrete, la palanca tirahilo, puntada corta o larga, la rueda volante, costura fruncida, el impelente de la lanzadera, pasar la costura, ribetear los ojales, hacer el dobladillo, el ruedo o los pliegues, zurcir, bordar, trencillar. Muchas de estas expresiones aún se usan, pero se volvieron industriales y ya nada tienen que ver con nuestras casas y nuestra unidad de familia.

Mi mamá aprendió solita a costurar, a armar camisas, pantalones y vestidos. Aprendió descosiendo y cosiendo piezas viejas, haciendo de las partes las plantillas para usarlas otro día, reciclando algún pantalón de mi papá, ajustándolo a mi medida. Catrincito yo a mis ocho años caminando hacia la misa los domingos o al matinée de las dos de la tarde en el cine Ubau. Y aunque en primaria ningún niño usaba uniforme, mi camisa de marinerito blanca y azul era como si lo fuera, aunque no hubiera otro marinerito en el aula ni en toda la escuela nuclear. Mis hermanos también tenían su propio estilo, si hasta un sellito color ocre se había inventado mi mamá para aparentar una marca sobre la bolsa de los pantalones. Ah y mis hermanas, ¡Que lindas se miraban con su ropa hecha de telas compradas donde Juan María o doña Emérita!. Vestidos volados, de ojitos, con mangas abombadas, ribeteados en el cuello o en el dobladillo; vestidas de jardines en colores encendidos, o de cielo con nubes y chispazos de sol, con un lazo grande de color contrastado, al frente sobre la cintura extendido como un fajón que se amarraba y pendía por detrás. Y se iban por la calle exhibiéndose con gracia mientras bordeaban las charcas después de la lluvia: el sol a su espalda les difuminaba la sonrisa. Mi madre una artista en el fruncido de las telas para lograr las formas o esconderlas, muy acertada en incorporar los bordados de flores o paisajes y también en el uso de los ocasionales grandes botones forrados con telas de colores, o lisos, que resaltaban entre los pliegues descolgados desde el pecho. Sonia y Marlene, ataviadas de pies a cabeza porque había que combinar todo, el cintillo con un lazo igual al del vestido en la cabellera, para inmovilizar el pelo y darle formalidad a sus bonitas sonrisas cuando, de nuevo, se iban por la calle, caminando sobre sus calcetas blancas abajo de la rodilla y sus zapatitos blancos estilo inglés, estriados, con picadito y ribeteado, de los que hacían en cualquier taller de zapatería del pueblo.

Durante los meses de la insurrección, la negrita se quedó sola en la casa. La guardia de Somoza era dueña de las calles, mientras en las montañas hervían los campamentos llenos de jóvenes guerrilleros dispuestos a morir. Vivir en el pueblo se había convertido en un peligro de muerte y poco a poco, las familias fueron abandonando sus casas para guarecerse en lugares seguros en las comarcas o ciudades vecinas. Una tarde mi mamá trancó las puertas por dentro y después aseguró la entrada principal con un viejo candado color cobre que había sido de mi abuelo y junto a mi papá y mis hermanos, se unieron a la fila de gente que abandonaba el pueblo. Adentro quedó la negrita, oculta bajo un colchón viejo en medio de los poquísimos muebles, esperando los tiempos de paz. Fueron varios meses del 79 los que permaneció solitaria, enmudecida, hasta que triunfó la revolución, y su sonido sedoso de Volkswagen volvió a escucharse de nuevo. Terminada la guerra, la normalidad llegó poco a poco. Parecía que se alegraba de verme cuando yo regresaba de Managua cada quince días a visitar a la familia.

Y sobrevivió sin perder la brillantez de su juventud, como una señora que se cansa con los años y para cuidarse distribuye mejor su tiempo, siempre dispuesta sobre el mueble carcomido aún no restaurado, haciéndole honor a lo bueno, demostrando que todo lo que se hacía antes era mejor. Sobrevivió dos veces pues la primera había ocurrido quince años antes, allá en los años sesentas.

Y es que como las cosas, todas eran de excelente calidad, muy pronto los fabricantes, de lo que fuera, se dieron cuenta que no era negocio hacerlas tan buenas y diseñaron sus estrategias de mercado para estimular las ventas. Pero los jóvenes todavía no podíamos ver las trampas. Estábamos felices con la reciente modernidad importada de los zapatos North Star y los pantalones Buffalo, tan felices que a lo bueno le comenzamos a llamar "búfalo" como la marca de los pantalones. Y comenzó a ponerse de moda el nylon y el poliéster, telas y materiales sintéticos que imitaban el cuero y el algodón. Y también se puso de moda, tristemente, el menosprecio por nuestros artesanos del calzado y el vestir. Tan felices estábamos que no nos dimos cuenta que los sastres y zapateros, sus sastrerías y talleres comenzaron a desaparecer y con ellos, el sonido de sus máquinas que había sido desde siempre música y canción de cuna, desde el amanecer al anochecer. Éramos ya, jóvenes de la era del plástico, que en el espejo nos mirábamos mejor vestidos, citadinos y con algo de cosmopolita. ¡Y qué búfalo nos sentíamos!.

Fue por esos años que las negritas ya habían cumplido su mayoría de edad y con sus varias décadas encima seguían siendo jovencitas. Se les veía como recién compradas, rebeldes, y hasta eternas. En mi pueblo y en los pueblos de todo el país, la madre se la heredaba a la hija y ella sin duda iba a hacer lo mismo en unos años. Y como cada familia tenía una y jamás se dañaba, los establecimientos que las vendían comenzaron a verse vacíos pues ya casi nadie las compraba. La negrita funcionaba tan bien que sólo bastaba un pequeño mantenimiento con un poquito de aceite por aquí y por allá, un cambio de aguja, reponer la correa y tras hacerlo toda ella volvía a quedar como nueva. Y como no morían a alguien se le ocurrió matarlas. Y fue así, me contaba mi tía Sofía, que lanzaron una campaña de publicidad para premiar -ese era el cuento- la fidelidad de los propietarios de las negritas. Nadie se imaginó el engaño. Los establecimientos comerciales anunciaron que cambiarían las viejas máquinas de coser, negras y feas, por una hermosa y moderna blanquita. Y tras el anuncio abrieron todas las puertas de los negocios donde las vendían. ¡Qué hermoso agradecimiento! ¡Qué bondad más grande la de los dueños de los establecimientos, o de los fabricantes o de quién sabe! Y muy inocentes la gente se fue corriendo a los comercios, no fuera que se arrepintieran, o se acabara la oferta.

Sin mayores costos, nos metieron en la modernidad de la programada obsolescencia. El sitio de nuestras casas, donde había estado por años la negrita, fue ocupado por la preciosa maquina nueva blanquísima y brillante. Nadie preguntó por qué tanta gratitud de los vendedores, pero después de dos o tres años todos comprendieron la razón cuando comenzaron a dañarse las blanquitas. La gente entonces volvió a los establecimientos, a decir: "Quiero mi negrita de vuelta", pero ya era tarde para arrepentirse. Desde ese momento, decía la tia Sofía, los establecimientos, siempre estuvieron llenos de clientes.

Pero la negrita de mi familia sobrevivió y ahora está conmigo. Tiene un espacio especial en mi casa, como ancianita que descansa, que sueña y recuerda sus grandes años. Sigue siendo preciosa, brillante y vital, es encanto e historia, silenciosa con su pedal, su biela, rueda volante y su correa; su palanca tirahilo, el prensa tela levantado, su devanador de bobina no visible y todos los componentes originales; ya no cose, ni trabaja; sólo se burla de mí jugando a escondidas con mi nieto de seis años; alcahueta, encubridora, que lo insta a desobedecer mis órdenes de mantenerse alejado de ella; que lo invita a que le haga compañía, y él, muy solícito haciéndose un manojito, se introduce en el pequeño espacio sobre el pedal, y se balancea, sin soltar el volante con sus manitos, acelerando el motor con el sonido de su boca, run, run, run, doblando las curvas y saltando los baches.

Juan Ramón Falcón
Masaya 11-10-17

 

UnderC2-Remodelacion2