LaJicara - El rincon poetico IntroArt

Contraste

Contraste

¿Te acuerdas amiga, de nuestra adolescencia?

Jugando a ser mayores, con nuestros pies pequeños

subiendo a los tacones de una regia inocencia.

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BENDITA SEAS, MUJER

BENDITA SEAS, MUJER

Eres la creación perfecta

de nuestro Divino Artista

que supo plasmar en tu esencia

como en las aves su canto

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LAS TRES PIEDRAS

Han amanecido en la puerta de mi casa

tres piedras pequeñas

envueltas en una laminilla de humedad.

Al amanecer abrí la puerta y las vi

calladas, acurrucadas, alertas a cualquier reclamo mío.

Ojos tímidos cerrados, voces apagadas.

Tres piedras indefensas al amanecer,

despiertas, aparentemente dormidas, no muertas.

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PAPELOTES Y GLOBOS -Juan Ramón Falcón-

PAPELOTES Y GLOBOS  -Juan Ramón Falcón-

En los años 60s y 70s., uno de los juegos de niños, más vistoso, era el de llenar el cielo azul de Condega con papelotes, lechuzas, cometas, barriletes, hechos de papelillo con armazón de carrizo. Un paisaje de cielo lleno de colores en movimiento, como avecitas diferentes unas de otras. "¡Vamos a elevar papelotes!" era el grito de organización y cada uno de los chigüines agarraba el suyo y en grupos, se enrumbaban a la Pila o a la Calle Nueva que eran los lugares más altos, y cuando estábamos allí, a elevarlos,  y a decir: "el mío es mejor" “el mío es más bonito”  "el mío vuela más alto", "no seas cochón, dale más hilo". Y uno le daba hilo de tres y cuatro ovillos, hasta que el papelote se miraba como un puntito de color que casi se perdía en el cielo. "Vení sentilo como jala" y uno sentía la tensión en el hilo y parecía como si tuviera vida, igual que un pescado que se había trabado en el anzuelo y nadaba fuerte para soltarse. 

Pero en el cielo vestido de fiesta siempre había un papelote que se descontrolaba y se enredaba con alguno de los otros, quizá porque había perdido la cola o las aletas o porque el frenillo se le había dañado. El papelote perdía el balance y comenzaba a colear y a dar vueltas y vueltas y vueltas, hasta que arrastraba a otro, y eso armaba el bochinche: "me enredaste mi lechuza", y entonces se soltaba la risería en los otros chavalos, y mientras uno se sentía culpable, el otro se enrojecía de arrecho. O cuando se reventaba el hilo, y el papelote se iba cuchareando, cuchareando por el cielo, de caída, y había que correr varias cuadras desde la Calle Nueva por donde vivía Trucuto para tratar de recuperarlo, y en aquella tarea siempre se venían dos o tres chavalos con el dueño del papelote, corriendo detrás. A todos nos tocó alguna vez: los pies moviéndosenos sin tregua en la carrera, mientras escuchábamos el sonido acelerado del corazón que nos golpeaba por dentro, corriendo tan veloz como podíamos, respirando rápido y profundo, doblando las esquinas, corriendo sin dejar de escucharnos el corazón, respirando más rápido y profundo, sabiendo que cerca del sitio de la caída, otros chavalos también corrían para apropiarse del papelote que, desde casi todo el pueblo podía verse allá en el cielo cuando volaba tranquilo o como ahora que venía a la deriva, cayendo.

Sabíamos que en el pueblo habían dos tipos de niños: los que elevaban papelotes y los que no. Y los que no elevaban permanecían en sus casas con los ojos puestos en el cielo, esparcidos, sin hacer nada más que ver los puntitos de colores en el firmamento, atentos a que uno de esos puntos se cayera. “Se reventó, se reventó” seguramente habían dicho y de inmediato habían comenzado también a correr, todos corriendo, cada uno por separado, sin parar, doblando sus esquinas sin quitarle la vista al papelote que caía, corriendo tal como yo lo hacía, con la respiración acelerada y el corazón golpeándoles por dentro, corriendo como cualquiera que hubiera perdido su papelote en vuelo en el cielo y ansiaba recuperarlo.

Papelote que se reventaba, papelote sin dueño, era el código, por eso cada quien debía correr duro sin quitarle la vista al cuchareo del papelote en lo alto, con la mente al cien, calculando dónde caería.

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Hoy entre tus brazos

Hoy entre tus brazos
Luis Arias CastilloJinotepe, Nicaragua 

Hoy entre tus brazos se detuvo mi reloj

pues ese era el momento de mi vida,

el preciso instante que se eternizó en mis pensamientos

para no avanzar ni regresar jamás.

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Copyright

© Luis Arias Castillo - Jinotepe, Nic.

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