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La Jicara - Juan Ramon Falcon

El Niño Dios de mis viejas navidades

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Si los que somos mayorcitos de 40, por algún influjo mágico, efecto extraño, fenómeno sobrenatural o físico, o por qué no, navideño para darle sentido oportuno a la imaginación, volviéramos a la época tranquila y de inocencia, de cuando fuimos niños.

Si volviéramos a los diciembres cuando escribíamos cartas al Niño Dios a grafito sobre alguna hoja limpia del cuadernito de papel de empaque que recién habíamos dejado de usar en primero, segundo o tercer grado.

Si volviéramos a algún diciembre de olores a lima-limón y naranja; al diciembre de arbolitos navideños diferentes a los de hoy, pues aunque hubieran pinos fragantes creciendo libres y en abundancia en los cerros que bordeaban nuestros pueblitos norteños, rara vez estos sustituían a los arbolitos navideños hechos con ramas secas de cualquier árbol.

Si volviéramos a aquellos diciembres, veríamos que en esas ramitas desnudas forradas de algodón, papel celofán y papelillo, con colgantes ristras hilachosas que chispeaban sus colores metálicos, los detalles más importantes exhibidos serían el agradecimiento y la amistad, pues jamás faltarían entre las sencllas ramas, las tarjetas navideñas sin que importara si eran nuevas o viejas y las colillas de regalos de navidades anteriores. No habrían tantas adornos modernos, y quizá sólo unas pocas campanitas o bolitas de cristal complementándose en la ornamentación, con las cajas de fósforos, vacías, forradas con el papel plateado que traían las cajetillas de cigarrillo y también angelitos y estrellas forradas de la misma forma; y en el piso - probablemente de tierra - un cerquito de piedras que además de embellecer, evitaban que el viento diciembral se metiera desde la calle y levantara el papel crepé que simulaba el suelo donde descansaba un sencillo pesebre que sólo se convertía en nacimiento a partir del 24.

Veríamos el cable verde lleno de bombillitos incandescentes encendidos, pintando luminoso el algodón y haciendo chispear el zelofán y la ristra de hilachas color metal. Aquellos bombillos, que si se fundían se cambiaban sin problema porque traían rosca, y que eran amarillos, verdes, anaranjados y rojos y muy parecidos en su forma a los chiles jalapeños.

Ah, si volviéramos a la niñez de los juegos en círculo de niños a media calle, en la noche de alguna navidad. ¿Con quién te vas: con la luna o con el sol? Para dividirnos en dos grupos y medir las fuerzas entre risas y gritos, hasta que una de las filas se rompiera y cayéramos todos amontonados en la calle de cara al cielo, y era entonces que nos quedábamos quietos con los ojos puestos en el bombillo amarillo encendido allá en la cima del poste eléctrico viendo la magia de una hermosa corona dorada que la neblina había hecho alrededor de la luz. ¡Neblina encantadora, por eso es que son encantadores los cuentos!. Neblina navideña, más allá de cincuenta metros, las personas, casas y cosas, comenzaban a desaparecer de nuestra vista, o más bien a verse como siluetas que se iban esfumando en la distancia, hasta que todo se convertía en una espesa y oscura nebulosa blanca.

Y cambiar de juego, improvisando, porque del interior de las casas se venían a ambientarnos, los nicaragüenses villancicos y sones de pascua que sonaban en la radio en navidad o 31 de diciembre, en sonido de cascabeles, panderetas y campanas "Ese colochito rubio que te cuelga por la frente parece campana de oro que va llamando a la gente" y nosotros agarrados de la mano en rueda, coreando, brincando, riendo y gritando "Una bella pastorcita, caminando va con frío y como bella rosita, va cubierta de rocío" Y en las pausas, o para cambiar de juego, el chavalero sentado haciendo una rueda, contándonos cosas o preguntando"¿Qué le pediste al Niño Dios?" o ¿Qué te va a traer el Niño Dios?" y cada quien contestando con los deseos. Niños juntos, unidos y libres, niños creciendo en medio del intenso frío, sudados de tanto jugar, hasta que del interior de alguna de las casas, una mamá gritaba que el Niño Dios sólo dejaba regalos a los niños que encontrara dormidos, y entonces cada uno se iba veloz entre la neblina hasta llegar a su casa a acostarse, a jugar a engañar al Niño Dios entrecerrando los ojos haciéndose el dormido, hasta que el sueño y el cansancio se juntaban y los ojitos se cerraban en serio.

Y despertar en la mañana con los regalitos sencillos junto a la almohada, regalitos de dos córdobas, a veces de 10 y quizá de 15, pistolitas de fulminantes, muñequitas de trapo, o cualquier babosadita que hacía que el chiguinero saliera de nuevo a la calle, felíz a mostrar los juguetes. Pueblito encantador que bastaba tan solo ser niño, para tener una niñez feliz.

Ah, cómo quisiera volver a aquellos diciembres para traer hasta estos días a aquel Niño Dios que olvidamos en el pesebre de alguna navidad; para rescatarlo de aquellos mercaderes que lo ahogaron en una pila de cocacola y otras suciedades, y lo sustituyeron con la figura glotona de un viejo barbiblanco vestido de rojo.

Pienso que si un niño de aquellos que fuimos entonces, hiciera un viaje al futuro, y sin que fuera advertido por alguien se encontrara de improviso con una navidad de este tiempo, se sentiría incómodo, triste y muy molesto, y quizá creería en su sanísima ingenuidad que Santa Claus es un ogro panzón que se escapó de un cuento para niños y se tragó al Niño Dios. Y tendría razón.


Juan Ramón Falcón

31 de diciembre de 2017